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Se han realizado infinidad de estudios científicos
en lo referente al uso de los colores en el arte egipcio,
sobre todo con la finalidad de entender por qué eran
empleados cromatismos específicos para representar
a determinadas deidades. Este fenómeno es del todo
evidente al observar las ricas decoraciones en el interior
de las tumbas que hasta hoy se conservan, y en las cuales
es posible apreciar que esa avanzada civilización conocía
y mezclaba con precisión los colores primarios [azul,
rojo y amarillo], así como los secundarios [verde y
naranja]. Por ello, se ha llegado a la conclusión de
que el uso de determinados colores puros no significaba que
desconocieran los tonos intermedios, sino que en el Egipto
antiguo el arte tenía connotaciones distintas a las
que hoy se le otorgan. Los egipcios transformaban todas sus
manifestaciones culturales en ritos, en dualidad, en magia,
y además para ellos las expresiones artísticas
eran sagradas.
Los colores que se manejaban en la faiensa, en la pasta vítrea
y posteriormente en el vidrio, correspondían a los
más importantes de su código cromático,
es decir el azul, verde, amarillo, negro y rojo. Con el color
azul lapislázuli se representaba la cabellera de los
dioses; mientras que con el turquesa al río Nilo, el
agua que simbolizaba lo sagrado, la purificación, la
vida y la eternidad. El verde era sinónimo de la vida,
la cual florecía gracias a las inundaciones anuales
del Nilo, que depositaban un sedimento en sus orillas llamado
Kemet. Esta palabra, por su parte, identificaba al negro,
que se oponía al Dechret o rojo, tierra infértil
(por esto también la importancia del negro y el rojo).
Finalmente, el amarillo o dorado simbolizaba a Ra, el gran
dios del sol.
La decoración que se daba a los pequeños recipientes
y amuletos fue también de un gran contenido simbólico.
Por ejemplo, el zig zag que muestran como ornamento muchos
contenedores, es una estilización del pictograma utilizado
en su escritura para denominar al río Nilo, que suponía
la representación de la superficie ondulada del agua.
Por ello se deduce que los recipientes en que aparece dicho
motivo, eran destinados a contener líquidos sagrados.
Otra decoración muy interesante es la de plumas de
ave. El doctor Hassan Kamal, en su libro Dictionary of Pharaonic
Medicine, menciona que los egipcios utilizaban una pluma de
ave como gotero para curar enfermedades de los ojos, así
que los recipientes decorados con plumas posiblemente sirvieron
para contener ungüentos medicinales.
La flora y fauna del Nilo fueron motivos dominantes en todas
las manifestaciones del arte egipcio. Tal era el caso de los
hipopótamos, cocodrilos y peces, en los que se aprovechaba
la boca para servir como vertidero de líquidos. Recipientes
elaborados en vidrio que resultaban muy comunes, eran los
frascos en forma de columnas para guardar el kohl,
pigmento mineral utilizado como cosmético en los ojos.
Estas columnas eran similares a las empleadas en la arquitectura
egipcia como soportes en los templos, y representaban la flora
que crecía a las orillas del Nilo, es decir, el loto,
el papiro y la palma datilera.
La civilización egipcia hundía sus raíces
en lo más arcaico y la religión penetraba en
todas las facetas de la existencia, tanto en lo social y político,
como en lo económico. Para los egipcios, todo lo que
sucedía era voluntad de Dios y por consecuencia era
más importante la vida ultraterrena, en tanto que resultaba
eterna. Así pues, no debe extrañar que casi
todas las expresiones de su arte demostraran una obsesión
por la muerte, o mejor convendría decir, por la inmortalidad.
Era necesario un cuerpo que se conservara eternamente para
poder emprender la vida futura, hecho que obligó a
momificar los cuerpos a fin de evitar su descomposición.
El cadáver, después de pasar por un elaborado
proceso de extracción de órganos internos, se
sumergía en una pila con grandes cantidades de natrón
(curiosamente, uno de los principales componentes del vidrio),
el cual absorbía todo el líquido que contenía,
evitándose así la descomposición. Después
de 70 días, el cuerpo se limpiaba y perfumaba con ungüentos,
para luego ser envuelto con vendas que medían de 500
a 700 metros, aproximadamente. Entre las vendas se colocaban
cerca de 200 diferentes amuletos, elaborados en oro, plata,
marfil, pasta de vidrio y piedras semipreciosas como la turquesa,
lapislázuli y cornalina. Todos estos enseres estaban
trabajados en colores y materiales simbólicos, que
les permitían actuar como talismanes con poderes mágicos
para proteger a los muertos contra las fuerzas malignas o
las dificultades que enfrentaran en la eternidad, así
como para atraerles el apoyo de las personas bondadosas.
Dicho simbolismo, con sus recetas mágicas, lo podemos
encontrar registrado en diferentes párrafos del Libro
de los Muertos, el cual describe los rituales necesarios para
poder vivir eternamente. A continuación, se cita un
bello pasaje en el que se habla de la importancia del vidrio,
cuando Maat, la diosa de la justicia, pregunta al difunto:
¿Qué te dieron a ti?, una llama de fuego y una
tableta de cristal. ¿Qué hiciste tú con
ella?, la enterré en el surco de Maat. ¿Qué
encontraste en el surco?, un cetro de pedernal, llamado dador
de vientos. ¿Qué hiciste tú con la llama
de fuego y la tableta de cristal?, pronuncié palabras
para ti, las desenterré, extinguí el fuego y
rompí la tableta que hice de la laguna de agua. Ven
pues, pasarás por esta puerta si pronuncias mi nombre;
peso de justicia y verdad es tu nombre.
Este es en realidad uno de los testimonios más importantes
que se conocen sobre el uso ritual que los egipcios daban
al vidrio. Lo verdaderamente interesante, es que el ideograma
que usaban para mencionar al vidrio en textos de relieves
y papiros nunca cambió, y servía indistintamente
para identificar a la faiensa o al cristal. Con ello podemos
deducir que para los egipcios no había diferencia entre
ambos productos, ya que estaban elaborados con similares componentes.
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